Los valores educativos son un aprendizaje transversal que se construyen a lo largo de los años. Cuando los niños observan y llevan a la práctica diariamente acciones y gestos personales en situaciones próximas y cotidianas entienden e interiorizan valores humanos, personales, morales, espirituales y sociales que los ayudarán a orientarse en futuras decisiones y acciones.
La educación en valores en la etapa infantil (0–6 años) no es solo “enseñar buenos modales”: es una intervención educativa temprana que moldea la forma en que los niños se relacionan consigo mismos, con los demás y con su entorno durante toda la vida.
Los niños necesitan conocerse a sí mismos, descubrir el entorno personal y social más cercano y entender el mundo que les rodea, a su ritmo y manera. Por eso es importante que vivan experiencias donde los valores los descubren desde la curiosidad, la seguridad y la capacidad.
Invertir en una educación que integre valores —empatía, respeto, responsabilidad, justicia— desde los primeros años produce beneficios cognitivos, sociales, emocionales y comunitarios que se mantienen en el tiempo.
Funciona como una ventana crítica al desarrollo; los primeros años son fundamentales para el desarrollo cerebral, las competencias socioemocionales y la formación de actitudes. La experiencia temprana (estimulaciones, relaciones afectivas y entornos seguros) configura circuitos neuronales relacionados con regulación emocional, conducta social y aprendizaje. Los pequeños gestos que viven y perciben en su día a día de los referentes personales y sociales que los rodean son la base de la convivencia social que promueven patrones de convivencia caracterizados por el respeto, la empatía, la ética y la igualdad.
Las organizaciones internacionales señalan que la atención y educación en la primera infancia son inversiones con retornos elevados en bienestar y equidad.
Para mejorar competencias socioemocionales y resultados académicos. A través de programas que trabajan la competencia social y emocional (componentes que solapan con la educación en valores) muestran efectos consistentes: mejor regulación emocional, reducción de conductas problemáticas, mayor motivación y ganancias académicas a medio plazo. Revisiones sistemáticas y meta análisis indican que las intervenciones en SEL (social-emotional learning) producen mejoras significativas en las habilidades sociales y en rendimiento escolar. Esto refuerza la idea de que los valores no obstaculizan lo académico, sino que lo facilitan.
Como formación de una brújula moral y convivencia democrática. La educación en valores ayuda a construir lo que algunos autores llaman “brújula moral”: marcos para evaluar consecuencias, responsabilizarse de actos y tomar decisiones éticas. Enseñar reconocimiento de emociones, perspectiva del otro y resolución pacífica de conflictos prepara a las futuras generaciones para participar en sociedades diversas y democráticas, reduciendo la violencia y la discriminación.
A modo de motor de prevención y promoción: la intervención temprana como coste-efectiva. Actuar en la primera infancia no solo es eficaz desde el punto de vista pedagógico sino también económico: programas tempranos bien diseñados (salud, nutrición, cuidado y aprendizaje con componentes de valores) generan retornos sociales y reducen costes futuros asociados a problemas conductuales o sociales. Además, apoyan la igualdad de oportunidades.
¿Y cómo podemos implementar una educación basada en valores en las aulas de infantil?
A través de:
Integración holística y cotidiana: los valores no se reducen a una lección; se viven durante el juego, las rutinas y las relaciones. (Modelo propuesto por UNESCO).
Ejemplo: el ejemplo es imprescindible para educar en valores, ya que se aprende viviendo. Aquello que experimentan y sienten los niños lo integran y lo llevan a la práctica en el día a día en su forma de vivir y relacionarse.
Coherencia familia-centro: la colaboración escuela-familia es esencial para generalizar comportamientos y normas afectivas.
Vinculo: es importante que el adulto de seguridad, establezca un vínculo de confianza y fomente una conexión con los niños. Además, es necesario acompañar su aprendizaje en valores en un ambiente autónomo donde puedan construir sus experiencias y mapas mentales de las diferentes formas de contacto y relación con su círculo personal, social, espiritual y cultural.
Docentes formados en SEL y pedagogía de valores: la formación continua del profesorado es clave para el diseño de actividades, la observación y la intervención emocional.
Metodologías activas: proyectos, aprendizaje cooperativo, cuentos, dramatizaciones y actividades comunitarias permiten practicar valores en contextos reales.
Evaluación formativa y respeto por la diversidad: evaluar el progreso socioemocional con instrumentos sensibles a la edad y culturales, y adaptar el currículo para ser inclusivo.
Aún y las grandes ventajas de la educación basada en valores, es imprescindible tener presente los inconvenientes que se pueden presentar. Por ese motivo es de vital importancia reflexionar para evitar un enfoque moralizador o dogmático; la educación en valores debe fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de juicio, no la repetición de normas sin explicación.
Además de cuidar la adaptación cultural y contextual: los valores pueden expresarse de formas diversas; la implementación debe respetar pluralidad y derechos del niño.
Elegir una educación basada en valores desde la etapa infantil es apostar por un desarrollo integral: fortalece la regulación emocional, mejora las relaciones y condiciones de aprendizaje, y contribuye a sociedades más justas y resilientes. Las evidencias internacionales (organismos multilaterales y revisiones científicas) respaldan la eficacia de intervenir temprano y con enfoques integrados que incluyan la colaboración con las familias y la formación docente.
